El Abuelo Que Nunca Los Olvidó
Capítulo 4: La verdad y la batalla
A la mañana siguiente, Ernesto llegó al hospital acompañado por su abogado. Entró en la habitación de Lucía con el rostro agotado, pero con una claridad que no había tenido en años.
"Tengo que contarte la verdad", dijo.
Lucía lo escuchó en silencio mientras él le mostraba las cartas guardadas, una tras otra. Al principio no quiso tocarlas. Luego tomó la primera con manos temblorosas y reconoció su propia letra.
Lloró sin ruido.
"Yo pensé que me habías borrado", murmuró.
"Fui un orgulloso, sí. Fui un mal padre ese día. Pero no te abandoné después. Me robaron la oportunidad de pedirte perdón."
Tomás, sentado al lado de la cama, apretó la mandíbula. Había escuchado más de lo que un niño debía escuchar.
"Entonces, ¿esa señora mala sabía que existíamos?", preguntó.
Ernesto asintió.
"Sabe de ustedes desde hace años."
Lucía cerró los ojos.
"No quiero volver a esa casa."
"No tienes que volver", respondió él. "Pero sí quiero que pelees por lo que te pertenece. Y por lo que les pertenece a tus hijos."
Horas después, Beatriz llegó al hospital furiosa, acompañada por Rafael. Pretendían convencer a Lucía de firmar un acuerdo de confidencialidad a cambio de dinero y una vivienda pequeña. Rafael habló con el tono elegante de quien cree que todo puede comprarse.
"Mi tía solo quiere paz. Ustedes podrían empezar de nuevo en otra ciudad."
Lucía lo miró con desprecio.
"Diez años me dejaron morir, y ahora hablan de paz."
Beatriz perdió la máscara.
"Siempre fuiste una ingrata. Tu padre te dio todo y tú lo escupiste por un hombre sin futuro."
Tomás se puso de pie de golpe.
"¡No hables así de mi papá!"
La enfermera intentó intervenir, pero Ernesto levantó la mano.
"No. Que todos escuchen."
Sacó del maletín varias copias de las cartas y una auditoría preliminar.
"Mi abogado ya presentó denuncia por ocultamiento de correspondencia, abuso patrimonial y fraude administrativo. Rafael, también revisamos las cuentas de la fundación familiar. Encontramos transferencias muy interesantes."
El sobrino empalideció.
Beatriz se volvió hacia él.
"¿Qué transferencias?"
Rafael apretó los labios.
Entonces Lucía comprendió que ni siquiera la esposa lo sabía todo.
Habían estado robándole a Ernesto por años mientras usaban su nombre para aplastar a cualquiera que estorbara.
El escándalo estalló en menos de una semana. La prensa se enteró. La junta directiva suspendió a Rafael. Beatriz abandonó la mansión antes de que la echaran formalmente.
Pero mientras el apellido Salazar se hundía en titulares, en la habitación del hospital ocurría algo más importante.
Sofía empezó a llamar "abuelo" a Ernesto.
Y él, cada vez que la niña lo hacía, parecía romperse y sanar al mismo tiempo.









