El Abuelo Que Nunca Los Olvidó
Capítulo 3: Las cartas escondidas
Lucía fue ingresada esa misma noche. Tenía una infección severa, los pulmones comprometidos y años de mala atención médica encima. El doctor dijo que, con tratamiento, podría recuperarse, pero necesitaría varios días de internación y estudios más profundos.
Ernesto cubrió todo sin pestañear.
Mientras Tomás y Sofía dormían por primera vez en sábanas limpias, en una habitación de hotel que él había reservado junto al hospital, Ernesto regresó a su mansión con una sola idea: averiguar quién le había robado diez años de vida.
Beatriz, su esposa, lo esperaba despierta en el salón principal.
"¿Dónde estabas?", preguntó con tono seco. "Te llamé toda la noche."
Ernesto la observó con una frialdad que ella no le conocía.
"Encontré a Lucía."
El rostro de Beatriz se tensó apenas un segundo. Fue suficiente.
"¿Lucía?", repitió. "Yo creía que estaba en otro país."
"No mientas."
La voz de Ernesto sonó tan dura que la mujer retrocedió.
"Quiero saber qué hiciste con sus cartas."
Beatriz cruzó los brazos, intentando recuperar el control.
"Esa muchacha eligió su destino cuando te desafió."
"Te pregunté qué hiciste con sus cartas."
Antes de que ella respondiera, apareció Rafael, sobrino de Ernesto y director financiero del grupo familiar. Había sido el hombre de confianza de Beatriz durante años.
"Tío, estás alterado", dijo con falsa calma. "No es momento para dramas."
Ernesto giró la cabeza despacio.
"¿Tú también lo sabías?"
Rafael no respondió de inmediato. Ese silencio lo delató.
Ernesto subió a su despacho, abrió la caja fuerte y empezó a revisar carpetas antiguas. No encontró lo que buscaba hasta que una vieja ama de llaves, Mercedes, se acercó temblando a la puerta.
"Don Ernesto... yo no podía callar más."
Llevaba una caja de cartón atada con una cinta.
"Su señora me ordenó guardar esto hace años. Dijo que eran tonterías de una hija ingrata."
Dentro había más de veinte cartas sin abrir. Todas dirigidas a él. Todas de Lucía.
Había también recibos médicos, fotografías de Tomás recién nacido, una esquela del funeral de Diego y una carta escrita con mano temblorosa.
Papá, no sé por qué nos odias tanto. Pero si lees esto, te juro que aún te perdono.
Ernesto dejó caer la hoja y se cubrió el rostro.
Beatriz apareció detrás de él.
"No ibas a destruir la familia por esa muchacha y sus hijos", dijo sin remordimiento. "Rafael es quien siempre estuvo aquí."
Ernesto levantó la vista lentamente.
"La familia la destruiste tú."
Rafael intentó intervenir.
"Tío, piense bien. Si Lucía vuelve, todo cambia. La herencia, la empresa..."
Eso fue todo lo que Ernesto necesitó escuchar.
No se trataba solo de crueldad.
También se trataba de dinero.
Y por primera vez entendió que Lucía no había sido expulsada por un error del pasado, sino eliminada del futuro por conveniencia.









