El Abuelo Que Nunca Los Olvidó
Capítulo 2: La hija que creyó abandonada
Don Ernesto Salazar no hizo más preguntas en la panadería. Compró comida, leche, fruta y medicamentos básicos. Luego llevó a Tomás y a Sofía a su coche. Durante el trayecto, apenas pudo respirar con normalidad.
Diez años antes, su hija Lucía había desaparecido de su vida después de una discusión terrible. Ella se había enamorado de Diego Morales, un mecánico viudo y humilde que no encajaba en la familia Salazar. Ernesto, soberbio y terco, le había dicho cosas imperdonables. Lucía se marchó llorando. Él esperó que regresara. Ella nunca volvió.
O eso creyó.
"¿Dónde está su mamá?", preguntó al fin.
"En casa", respondió Tomás. "No quiso que saliéramos, pero tiene mucha fiebre y ya no teníamos pan. Pensé que si conseguía algo hoy, ella podría comer y tomar sus pastillas."
"¿Viven solos?"
Tomás bajó la voz.
"Papá murió hace un año. Se cayó en la fábrica."
Ernesto cerró los ojos un instante. Cada respuesta era una nueva herida.
Los niños lo guiaron hasta un edificio viejo, húmedo y mal cuidado. Subieron por una escalera estrecha. Dentro del pequeño apartamento, Lucía estaba acostada en un sofá cama, cubierta con una manta fina. Su rostro estaba pálido. Al oír la puerta, intentó incorporarse.
"Tomás, te dije que no..."
La frase se le rompió al ver al hombre detrás de sus hijos.
Durante varios segundos nadie habló.
Lucía apretó la manta con dedos temblorosos.
"Papá..."
Ernesto dio un paso hacia ella, devastado.
"Lucía, hija..."
Ella levantó la mano para detenerlo.
"No me llames así ahora."
Tomás y Sofía miraban sin entender del todo, sintiendo que algo muy grande acababa de partir la habitación en dos.
Ernesto se arrodilló frente al sofá.
"No sabía nada. Te juro que no sabía nada."
Lucía soltó una risa amarga, seguida de una tos que la dobló de dolor.
"¿No sabías? Te escribí después de que nació Tomás. Te escribí cuando Diego perdió el trabajo. Te escribí cuando Sofía se enfermó por primera vez. Y cuando Diego murió, te rogué ayuda. Nunca respondiste."
Ernesto quedó inmóvil.
"Yo jamás recibí esas cartas."
Lucía lo miró con una mezcla de rabia y cansancio.
"Entonces alguien se aseguró de que no las vieras."
Sofía, sin entender la mitad de la conversación, se acercó a su madre con un trozo de pan en la mano.
"Mami, el señor bueno nos compró comida."
Lucía acarició la cabeza de la niña y luego volvió los ojos hacia Ernesto.
"Si has venido por lástima, no la quiero."
Él negó con firmeza.
"No vine por lástima. Vine porque te encontré demasiado tarde para seguir siendo un cobarde. Y no pienso perderte otra vez."
Lucía iba a responder, pero un fuerte mareo la hizo desvanecerse sobre la almohada.
Tomás gritó su nombre.
Ernesto la sostuvo antes de que cayera y, al tocar su piel ardiendo, comprendió que ya no había tiempo para viejos orgullos.
Necesitaba llevarla al hospital de inmediato.









