La Niña Que Intentó Vender El Anillo De Su Abuelo
Capítulo 3 - Las cartas que ninguno escribió
Eduardo trasladó a Isabel a un hospital aquella misma noche.
Tenía una infección grave y una enfermedad renal que llevaba meses sin tratar adecuadamente.
El médico dijo que aún podía recuperarse.
Sofía se quedó junto a ella.
Eduardo también.
Mientras Isabel dormía, él llamó a su antiguo abogado, Samuel Ortega.
“Necesito que encuentres todas las cartas que llegaron a mi casa hace diecisiete años.”
Samuel guardó silencio.
Demasiado.
Eduardo lo notó.
“¿Samuel?”
“Eduardo…”
“¿Qué sabes?”
El abogado apareció dos horas después.
Traía una caja.
“Debí contártelo hace años.”
Eduardo se puso de pie.
“Contarme qué.”
Samuel abrió la caja.
Dentro había cartas.
Docenas.
Todas escritas por Isabel.
Ninguna abierta.
Eduardo tomó una.
Papá, tuve una niña. Se llama Sofía. Quiero que la conozcas.
Otra:
Papá, no entiendo por qué no respondes.
Otra:
No quiero tu dinero. Solo quiero saber si todavía soy tu hija.
Eduardo dejó caer la carta.
“¿Dónde estaban?”
Samuel bajó la mirada.
“Tu hijo.”
Eduardo se congeló.
“¿Tomás?”
Tomás Vargas era su hijo mayor.
El hermano de Isabel.
El hombre que actualmente administraba gran parte de los negocios familiares.
Samuel continuó.
“Tomás recibía tu correspondencia cuando estabas enfermo. Encontró las primeras cartas de Isabel.”
“¿Por qué las ocultaría?”
Samuel abrió otro sobre.
El testamento de Mercedes Vargas.
Eduardo reconoció la firma de su esposa.
Mercedes había dejado la mitad de sus acciones a dividir entre sus dos hijos.
Pero había una condición.
Si Isabel tenía descendencia, su parte debía pasar también a sus hijos.
Sofía era heredera.
Eduardo sintió náuseas.
“Tomás sabía.”
Samuel asintió.
“Si Isabel regresaba con una hija, él perdía millones.”
Eduardo apretó las cartas.
“¿Tú lo ayudaste?”
Samuel cerró los ojos.
“Al principio solo me pidió enviar una carta. Dijo que ustedes necesitaban tiempo separados.”
“¿Y después?”
“Me di cuenta de lo que estaba haciendo.”
“Pero callaste.”
Samuel no respondió.
Eso fue suficiente.
Eduardo miró hacia la habitación donde dormían su hija y su nieta.
Durante diecisiete años creyó que el orgullo había destruido a su familia.
Ahora sabía que el orgullo solo había abierto la puerta.
Su propio hijo había mantenido la herida abierta.









